Daorba
No puedo más. Déjame. No me mires así, así como tú lo haces. Cada vez que te miro me lo dices todo, y me redefines con cada suspiro que sale de tu boca; suspiras cuando aparto mi mirada; mi mirada de tus ojos. Del brillo de tus ojos salen las llamas del deseo que recorren la habitación y llegan a mi en forma de escalofrío; recorre mi espalda y me cosquillea en la nuca. Cuando te muerdes el labio las veces que sostengo tu mirada me haces enloquecer. Ay, lo que yo siento. Mi interior se revela, y tú lo sabes. Porque esta pasión me nubla, mis ojos adoptan una expresión desafiante. No te atrevas a desafiarme. No, jamás lo intentes, por si acaso.
“Déjame arroparte, deja que mi calor sea tu calor.”
Tus miradas me hablan, me lo dicen todo. Tus ojos tienen un brillo especial, un brillo en el que se puede adivinar en lo que piensas.
Para, deja de mirarme así. Ya sólo me concentro en ti. Busco tu mirada constantemente y todo lo demás pierde el significado que un momento antes parecía tener.
Has hecho que parezca un encuentro fortuito en medio de la sala, tropezarte conmigo. Mis temblorosas manos me han descubierto y éso ha hecho que el gris humo de tus ojos se convierta en plata líquida, cuando me has mirado.
No he dicho nada, me he quedado muda, con los papeles en mi mano y mi rubor delator. Delator, sí, porque me has mirado a las mejillas y una sonrisa ladeada ha aflorado y, con esa floración mi corazón ha brincado. Con un suspiro te has alejado. Un suspiro impotente. De esos suspiros que te gustaría absorver de unos labios. De tus labios.
