Se llama Annemarie, todo junto (pronúnciese Anmají). No sé cuántos años tiene pero regenta la panadería desde hace unos cuantos años, más bien décadas. El establecimiento no es pequeño, hace esquina y la cristelera está ribeteada por madera de nogal. Éste hecho le da un aire cálido y hogareño. Me pregunto si será por eso que siempre hay que hacer cola o simplemente porque amasa bien el pan. En la fachada de la tienda no hay nada que indique “panadería” como tal, nada. Sólo el crital y la madera y unos adornos de cristal tintado a lo alto de la fachada, pegada a la ventana del primer piso del edificio. No obstante encima del escaparate hay una chapa de hierro con un trigo dibujado dentro. Sugerencia de pan, podemos suponer. En la panadería huele que alimenta. Ella y su marido amasan pan constantemente.
Es una mujer impresionante, con su delantal manchado de harina y su sonrisa increbantable. Si cada día atiende al rededor de 200 clientes a cada uno de ellos dice “enjoy it, have a good day” sin excepción. Empezamos a hablar a raíz de que yo era extrangera y ahora siempre nos quedamos hablando. Me cuenta muchas historias y yo le cuento las mías. Siempre me dice que le da pena que me vaya, que le recuerdo mucho a su hija. Yo le sonrío y no le digo nada. Tienen un perro, que lo compraron hace ocho años para que acabase con un gato que se les colaba hasta la trastienda con cada camada que tenía. El perro “Nieuwe” no sólo pasó del asunto de la caza sino que nadie lo ha podido mover mucho más allá del pie del horno desde que llegó. Me hace mucha gracia, porque es muy feo y tiene mala leche. Pero en el fondo me va ha coger cariño, que lo sé yo. Pero por cómo me mira puedo anticipar que será una ardua tarea.
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Me ha gustado mucho!! jeje Te imagino intentando ganarte a ese perro olgazán que no hay quien lo mueva del horno, ahí, tan calentito él. Muxus preciosa.